Cuento: Luz para el camino

Había una vez, hace cientos de años, en una ciudad de Oriente, un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida.

La ciudad era muy oscura en las noches sin Luna como aquélla.

En determinado momento , se encuentra con un amigo. El amigo lo mira y, de pronto, lo reconoce. Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo.

Entonces, le dice:

– ¿Qué haces, Guno? Tú, un ciego, con una lámpara en la mano. Si tú no ves…

Entonces, el ciego le responde:

– Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí…No sólo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.

Autor desconocido.

“Aprendamos a iluminar nuestro camino día a día, a la vez que enseñamos a iluminar el camino a los que nos rodean. ¿Cómo? Sólo hacen falta pequeños gestos: abrazando, agradeciendo, escuchando, ofreciendo… todo ello nos ayudará a ser mejores personas.”

Cuento: Un clavo en la puerta

Tenía muy mal carácter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día, el muchacho clavó treinta y siete clavos detrás de la puerta.

Las semana que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta. Descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta.

Llegó el día en que pudo controlar su carácter durante todo el día. Después de informar a su padre, éste le sugirió  que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta.

Su padre le tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo:

– Has trabajado duro, hijo mío; pero mira todos esos agujeros en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves.

Tu puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas le devastará, y la cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física.

Autor desconocido