Cuento: La fábula de la escuela de los animales

La fábula de la escuela de los animales

por Thomas Armstrong

“Me recuerda la historia de los animales que decidieron crear una escuela para trepar, volar, correr, nadar y excavar.

No lograban ponerse de acuerdo acerca de qué materia era más importante, así que acordaron que todos los animales deberían tomar el mismo programa.

El conejo era experto en correr pero casi se ahoga en la clase de natación. La experiencia le produjo un trauma tan fuerte que nunca más pudo correr tan bien como solía hacerlo.

El águila era maravillosamente ágil al volar, desde luego, pero su desempeño en la clase de excavar fue tan deficiente que la pusieron en un programa de nivelación que le llevaba tanto tiempo que pronto olvidó cómo volar.

Y así pasó con los otros animales que también perdieron la oportunidad de destacarse en sus talentos porque se les obligó a hacer cosas que no respetaban su naturaleza original.” 

Cuento: El ladrillazo

Un joven y triunfador ejecutivo pasaba a toda velocidad en su Jaguar último modelo sin ningún tipo de precaución. De repente, sintió un fuerte golpe en la puerta; se detuvo, y al bajarse vio que un ladrillo le había estropeado la pintura, la carrocería y el cristal de la puerta de su lujoso coche. Nuevamente al volante, continuó su camino; pero lleno de ira dio un brusco giro de ciento ochenta grados y regresó a toda velocidad al lugar donde vio salir el ladrillo que acababa de  dañar su lujoso coche.

Salió del coche de un salto y agarró por los brazos a un chiquillo, y empujándolo hacia el coche parado, le gritó en voz alta:

-¿Qué rayos fue eso? ¿Quién eres tú? ¿Qué crees que haces con mi coche?- y enfurecido, casi echando humo, continuó gritando al chiquillo-. ¡Es un coche nuevo, y ese ladrillo que lanzaste va a costarte muy caro! ¿Por que hiciste eso?

– Por favor, señor; por favor. ¡Lo siento mucho! ¡No sé que hacer!- suplico el chiquillo-. Le lancé el ladrillo porque nadie se detenía…

Las lágrimas rodaban por sus mejillas hasta el suelo, mientras señalaba hacia donde estaba el coche parado.

– Es mi hermano- le dijo-. Se descarriló su silla de ruedas y se cayó al suelo… Y no puedo levantarlo- sollozando, el chiquillo le preguntó al ejecutivo-: ¿Puede usted,  por favor, ayudarme a sentarlo en su silla? Tiene magulladuras y pesa mucho para mí solito… Soy muy pequeño.

Visíblemente impresionado por las palabras del chiquillo, el ejecutivo tragó el nudo que se le formó en su garganta.  Indescriptíblemente emocionado por lo que acababa de pasarle, levantó al joven del suelo y lo sentó nuevamente en su silla; además, sacó su pañuelo de seda para limpiarle un poco los cortes de las heridas del hermano de aquel chiquillo tan especial.

Luego de verificar que se encontraba bien, miró al chiquillo, y este le dio las gracias con una sonrisa que no tiene posibilidad de  describir nadie…

– Muchas gracias señor- le dijo

El hombre vio cómo se alejaba el chiquillo empujando con mucho trabajo la pesada silla de ruedas de su hermano, hasta llegar a su humilde casita.

El ejecutivo aún no ha reparado la puerta del coche, manteniendo el golpe que le hizo el ladrillazo, para recordarle el no ir por la vida tan deprisa que alguien tenga que lanzarle un ladrillo para que preste atención.

Autor anónimo

“La vida nos susurra o nos deja pequeñas pistas, para que seamos cada vez más conscientes, disfrutando de todas las cosas y no pasemos por ella a lo loco y sin darnos cuenta. Pero, a veces necesitamos de algún que otro ladrillazo para que valoremos lo que nos rodea  y no nos instalemos en la queja continúa e improductiva. Así que tu eliges: escuchar el susurro o sentir el ladrillazo.”